domingo, 3 de junio de 2012

El cajón de los recuerdos...


Ayer, mientras ordenaba carpetas en mi computadora, encontré unos relatos que escribí hace más de 10 años. Me gustó releerlos. Por supuesto les cambiaría muchas cosas, pero dicen que hay que desprenderse de lo escrito después del punto final. Así que acá está, comparto con ustedes La abuela Eusebia. Ojalá les guste.


Era un día de verano a la hora de la siesta. Yo tenía 7 u 8 años y pedía a gritos ir a la pileta, pero todos se habían confabulado para impedírmelo. Como cada verano, habíamos ido a la quinta (yo lo odiaba, me aburría demasiado). Estábamos todos: la abuela Jacinta -cada día más sorda-, siempre presente con sus ruidosas carcajadas y sus infaltables tortas de chocolate; mi tía Carolina quejándose de sus eternos dolores lumbares; mis primos y hermanos que no me prestaban atención porque yo era muy chica para comprender sus juegos (o ellos eran grandes para los míos) y conformaban una especie de logia impenetrable que me causaba una excesiva curiosidad y algo de pena porque no podía entrar en ella...

El tío Beto se esforzaba por entretenerme con sus chistes, piruetas y trucos de magia; yo era bastante difícil en ese entonces y calculo que mi cara de pocos amigos lo obligó a desistir... ¡pobre tío! Mucho tiempo después me enteré que su sueño era viajar por el mundo como estrella del circo. Se sentiría un fracaso.

Papá trabajaba todo el día y sólo nos visitaba los fines de semana y mamá andaba por la casa, balde y secador en mano. Nunca pudo cambiar eso, ni en vacaciones. Su manía por la limpieza le impedía disfrutar de una siesta bajo los árboles o de tomar unos mates con las tías. Apenas veía una pelusa, salía corriendo a buscar la escoba. Se iba a la quinta tres días antes que los demás sólo para dejar todo en orden, así la abuela Eusebia no podía criticarle nada. Es que la abuela era un sargento: cuando hablaba no volaba ni una mosca. Si hasta mi perra Federica –que enfrentaba al mundo entero- agachaba la cabeza cuando ella aparecía.

Nunca supe por qué ejercía ese poder. Conmigo era diferente: cuando estaba sola se acercaba para acariciarme el pelo y peinarlo con trenzas. Ella me enseñó los nombres de todas las plantas y cómo elegir las mejores frutas de los árboles. Me enseñó a conocer a los pájaros por el sonido de su canto y a perderles el miedo a los sapos indiscretos que se metían en el baño aquellas noches de verano. La recuerdo enorme, erguida, con los labios pintados y el cigarrillo con boquilla en su mano. Nunca dormía a la tarde; se sentaba en la reposera bajo la sombra de la mora, piernas en alto para mejorar la circulación, y libro en mano. Siempre. Fue abu quien ese día me regaló mi primer libro sin dibujos (de Salgari, por supuesto). Cuando lo vi, creí que resultaría una misión imposible, hasta que me sumergí en sus páginas...

Sentada a su lado, en el pasto, comencé a recorrer aquella experiencia fabulosa acompañando a Sandokán en sus increíbles historias. Absorta en la lectura, el mundo no existía. Eran momentos que disfrutaba muchísimo. Le siguieron otros libros, siempre regalos de la abuela Eusebia; algunas veces charlábamos y compartíamos lo que estábamos leyendo. Gracias a ella descubrí un universo diferente que me emocionaba, me hacía reír, me llenaba. Yo era la única que tenía permitido revolver los estantes de su biblioteca; así conocí a Kafka, Cortázar, Hesse y tantos otros.

Durante el último tiempo, abu no leía mucho... Yo tendría 16 años. Todas las tardes bajaba a su casa a tomar el té y comentábamos la última telenovela de Arnaldo André como si fuera una cuestión de estado. Un día me animé a preguntarle por qué había dejado de leer. “Porque no veo nada”, contestó para mi sorpresa. “Pero no lo cuentes, no quiero que estén todo el tiempo pendientes de mí”, siguió.

Era increíble. Se movía por la casa con una independencia absoluta; sabía el lugar exacto en que estaba ubicada cada cosa, desde los muebles hasta los fósforos. Supongo que se dio cuenta de que me entristecí por la noticia; sólo yo había visto su cara de felicidad cuando un libro la atrapaba; sólo yo sabía que si una novela la conmovía, cumplía una semana de duelo riguroso antes de empezar a transitar por otra historia.

- No te preocupes, me consoló. ¿Te acordás del poema de Benedetti que me gusta tanto?

- ¿Cuál de todos? , le pregunté.

- Ese que dice “en cada libro que leo siempre encuentro una palabra que sobrevive al olvido y me acompaña...”

(Me encantaba escucharla mientras recitaba; en su boca cada frase cobraba sentido, tenía valor).

- Sí, me acuerdo de esos versos, pero ¿qué querés decirme, abu?.

- Muy simple. Vos sabés de mi pasión por la lectura y, es cierto, extraño esa intimidad que existía entre mis libros y yo, muchos personajes formaban una parte importantísima de mi vida. Entonces, cuando siento una imperiosa necesidad de leer, sólo cierro los ojos y busco en mi memoria aquellas palabras que durante tanto tiempo me hicieron compañía. Aunque parezca una locura, a veces resulta tan placentero como tener un libro entre las manos.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas (también los suyos). En ese momento de fragilidad me costaba identificarla con aquella mujer imponente que dominaba todo durante las vacaciones familiares en la quinta. Moría de ganas de abrazarla, pero sabía que se pondría incómoda. Por primera vez en años, yo –que hablaba hasta por los codos- me quedé sin palabras.

Se fue apagando de a poco. Los últimos meses dormí en el piso al costado de su cama. Le leía sus novelas favoritas y aunque el médico decía que no podía oírme, yo adivinaba sus gestos de espanto cuando le leía a Poe o de ternura si el autor era Neruda, pero disfrutaba mucho más las cartas que rescaté de un viejo baúl perdido entre un montón de recuerdos.

Eran las que le había mandado el abuelo desde Italia cuando peleó en la Segunda Guerra. Él fue su único y gran amor y leyéndole esas cartas comprendí lo que quiso decirme con el poema de Benedetti: hay palabras que, a pesar del tiempo y la distancia, jamás estarán condenadas al olvido. Como las que le decía el abuelo, como muchas que ella me dijo a mí.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Películas para ver sin rimmel

Todas las mujeres tenemos una película para ver cuando estamos deprimidas. Así como Zooey Deschanel mira Dirty Dancing hasta el hartazgo cuando está triste en la serie New girl o como cuando Bridget Jones escucha All by my self borracha y desalineada. Todas. A ver, hombres, no nos malinterpreten: no lloramos por la película, porque ya la sabemos de memoria, sino que vemos esa película para llorar con una excusa, para hundirnos más en el sillón, con una remera tres talles más grande, un pijama andrajoso y un broche que funcionará como contenedor de esa maraña de nudos en que se convirtió nuestra cabellera.

Mi película para llorar es Los Puentes de Madison, sin dudarlo. Y los momentos son dos: cuando Robert le dice “esta certeza se tiene solo una vez en la vida” y (por supuesto) cuando Francesca está en la camioneta, la mano en el picaporte, la lluvia torrencial y ese momento crucial en el que duda entre abrir la puerta y dejarlo todo o quedarse quietita, tal como imponen las reglas de la sociedad. Si sos mujer y no llorás con esa escena, chequeá que por tus venas corra sangre.

Pero The bridges of Madison County no es la única. Es que cuando tenés un historial de llantos es necesario armarte de un stock, porque si no, no hay film que resista. Elijo también la escena del auto en Before Sunset:


No tengo consuelo. Celine perdió su capacidad de amar. Está condenada a vivir del recuerdo de una noche, en relaciones vacías, sin compromiso. ¡Qué vida de mier**! Y él, pobre Jesse, soñando con ella, a su lado, embarazada… ¿puede haber algo más triste? Probablemente sí, pero cuando miro esa película les juro que no se me ocurre. Bueno, se me ocurre Marley y yo, pero no necesitamos golpes bajos. Es obvio que hablamos de películas de (des)amor. Si nos ponemos profundos tengo que caer en La Lista de Schindler o Million Dollar Baby y la idea es que rumbeemos para otro lado.

Hubo una película que en mi adolescencia se llevó muchas de mis lágrimas. Se conoce como Eternamente amigas (Beaches, su título original) y la protagonizan Bette Midler y Barbara Hershey. ¿Por qué me hace llorar? Porque en mi adolescencia yo creía que las amistades eran no perecederas, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que, por muy triste que resulte, algunas tienen fecha de vencimiento. Llevo años sin verla, habrá que ver si ahora causa el mismo efecto.

Paradójico es que entre mis “películas para llorar con motivo” haya dos protagonizadas por un gran comediante. Él es Steve Carrell. Sus films: Danny in the real life y Crazy, stupid, love. Pero es un llanto esperanzador. Creo. Bueno, no sé… depende del día. Porque hay días en que ver finales felices a una la ponen peor. ¿No les pasa?

¿Cuál es la suya, chicas? o ¿Cuál me recomiendan?


jueves, 3 de mayo de 2012

¿Morir de amor?


"No voy a decir que no puedo vivir sin ti (porque sí puedo), pero no quiero..."

La frase es de Dicen por ahí, una película "fefifo" (ni fu ni fa), protagonizada por Jennifer Aniston, Kevin Costner y Shirley MacLaine.

Vi una sola vez la película y esa sola vez bastó para que se me grabara esa línea. Se la dice Jennifer Aniston a Mark Ruffalo, el novio engañado, y como pocas veces en el cine, una frase 100% romántica me resultó tan creíble.

Nadie en el mundo muere de amor. O sí, no lo sé... Creo que muchas veces te sentís morir o creés que no vas a resistir, pero con el tiempo ese dolor que calaba tus huesos se convierte en una pequeña molestia.

Claro que el camino es duro. Demasiado. Mucho llanto, mucha ira durante el recorrido. Pensar que nunca se va a salir de ese lugar. Creer que jamás se va a volver a amar. Comprobar que eso de que un clavo saca otro clavo es una distracción pasajera. Y en algunas ocasiones, ni siquiera eso.

Puedo vivir sin ti, pero no quiero…” En el caso de Sarah (el personaje de Aniston), ella no quiere porque sabe que junto a Jeff es mejor persona. A pesar de su terror al compromiso, cuando ve que se mandó un moco y puede perderlo, reacciona. Y ahí se da cuenta de que su vida será más plena junto a un hombre con todas las letras, que al lado de un seductor nato como Beau (Costner).

Pero las historias reales – como ya sabemos- no suelen tener un final tan redondito. Y a veces ese “no quiero vivir sin vos” tiene más que ver con “no quiero estar sola”, “me banco cualquier cosa”, “sos una obsesión”, y otras frases infelices por el estilo. Creo que pasé por todas y algo ya conté en posts anteriores. La pregunta es, ¿cómo darse cuenta de que esa persona, sin la cual no queremos vivir, nos completa o nos deja tirados en el suelo, en pedacitos?

Misterios de la vida…