martes 14 de febrero de 2012

Anti San Valentín, ¿y qué?


Desde hace varios años insisto con que ver tantas comedias románticas de Hollywood me arruinó la vida. Nunca existirá el marino que vaya a buscarme al trabajo como Richard Gere a Debra Winger en Reto al Destino, ni mucho menos uno que venza su miedo a las alturas como cuando rescata a Julia Roberts en Pretty Woman. Si el ideal del amor es el de Diario de una pasión, con un Ryan Gosling flaquiiito (Susana Giménez style), capaz de dar la vida por su mujer; la desolación absoluta la protagoniza el mismo Ryan en Blue Valentine, película que amo odiar porque muestra sin tapujos que el amor no siempre “todo lo puede”. Si quieren que me ponga más dramática, les tiro otro título: Revolutionary Road, con Di Caprio y Winslet y un final más triste que el hundimiento del Titanic, porque muestra cómo un amor puede, literalmente, terminar con tu vida. Mi lista Anti San Valentín sigue con una francesa llamada Vida en Pareja (5x2, su título original). Si están felizmente casados ¡no la vean! Aunque su poster tenía una fotito de dos tortolitos recién casados, es de esas películas que te ayudan a valorar tu soledad un sábado a la noche. ¿Dos infaltables? Los puentes de Madison y Perdidos en Tokio. Ambas hablan de esas certezas que se tienen una vez en la vida, pero que no se pueden cumplir por miedo, cobardía y un montón de etcéteras más. En ese mismo tono está un peliculón que en su momento no fue valorado. Se llama Lejos del Paraíso e integra el Top Ten de mi vida: saber que ahí está el amor, pero elegir quedarte en la comodidad de lo conocido por no enfrentar al mundo. ¿Puede existir algo más desolador que eso? Sí, dejar al amor de tu vida por un ideal superior y guardar en tu memoria recuerdos y frases maravillosas como “siempre nos quedará París”. Porque a mí nadie me va a convencer de lo contrario: Casablanca es Anti San Valentín, desde antes que los 14 de febrero se inundaran de ositos de peluche, corazones y sms gratis e ilimitados entre enamorados. Puedo seguir hundiéndome en el sillón y llorar con 2046, los secretos del amor, del coreano Won Kar Wai. Cuando la vi, además de quedarme maravillada por su fotografía, me sentí tan, pero TAN identificada. Es que habla de los desencuentros. ¿Viste cuando sabés que esa es LA persona, pero no el momento? Bueno, eso. Y antes de que llames al 911 pensando que estoy al borde del suicidio te dejo la frutilla de la torta, una película que mata a Cupido de un flechazo, pero con mucha inteligencia y sentido del humor. Se llama 500 días con ella y merece ser vista más de una vez, porque en el fondo una es romántica y siempre sabe que después de los días oscuros del invierno, empieza a florecer la primavera.

Y a ustedes, ¿qué películas les hacen "odiar" al amor?

viernes 27 de enero de 2012

Una de las películas que más veces vi en mi vida es El mismo amor, la misma lluvia. Se lo comenté al mismo Campanella durante un Festival de Cine de Mar del Plata y no lo podía creer. No se trata de una obra maestra, pero sí de una de las películas que más me marcó. Y una cosa no necesariamente tiene que ver con la otra.

Es que, señores, yo me identifico con Jorge Pellegrini y amo ese sonido que genera cuando tipea en la máquina de escribir. Ese sonido es música para mis oídos.

Pero, ¿por qué me identifico con Jorge? Básicamente por esta escena (ojo que es casi el final) :



Amo esta última escena, aunque siempre –inevitablemente- me haga llorar. Lo probé hace escasas horas, pensando que saberme los diálogos de memoria impedirían las lágrimas, pero no. Jorge dice “Quién me manda a escribir sobre cosas que ni la menor” y estallo. Y sigue diciéndole a Laura: “Sobre el miedo tendría que escribir yo... del miedo, cátedra. Por miedo te perdí, por miedo hago un trabajo que odio…”. Por primera vez abre su corazón y expresa lo que siente. Entonces, todos sabemos que a partir de ese momento comenzará otra etapa más luminosa, una etapa que el director eligió dejar librada a nuestra imaginación.

Alguna vez yo también fui como Jorge: me quedé durante años en un trabajo que odiaba por miedo a correr riesgos; sostuve relaciones con malos tipos porque de a ratos estaba “todo bien”, me alejé de mis amigos o mi familia para no compartir lo que sentía, sin darme cuenta de que eso hacía las cosas más dolorosas... Y un día decidí que vivir amargada no valía la pena, me animé a renunciar a ese empleo que nada tenía que ver con lo que yo quería ser, y di un salto. Pequeño, pero salto al fin. Creo que me salió bien, aunque muchas cosas quedan todavía por resolver y muchos riesgos por correr. Paso a paso.

¿Te pasó alguna vez de haberte visto en un personaje?

sábado 21 de enero de 2012

Un amor, un final, un guión


Con mi amiga solemos ir juntas al cine. Generalmente a ver películas francesas, idioma que ella adora. Claude Chabrol era uno de sus directores favoritos y siempre que había un estreno con su firma tratábamos de coordinar horarios para no perdernos su última realización.

Mi amiga es linda, inteligente, simpática y muy divertida. Así y todo, pudiendo elegir un buen candidato (parezco mi abuela), prefirió durante mucho tiempo sostener una relación bastante patológica. Ok, si hablamos de patologías, quizás el “bastante” está de más.

“No entiendo por qué a nadie le cae bien mi novio”, decía. “Y cómo nos va a caer bien, si lo único que hacés es hablar mal de él”, era mi lógica respuesta. El novio la engañaba con otras mujeres, le mentía, la menospreciaba, y aunque ella sabía que la relación no tenía futuro, le era imposible poner un punto final porque guardaba la esperanza de que todo volviera a ser como al principio, cuando pensaba que el amor era para toda la vida. Y porque no soportaba la idea de volver a estar sola, claro.

Una noche, en medio de confesiones sobre lo desgraciada que era su vida amorosa y lo difícil que le resultaba salir de esa situación, optamos por ponerle un poco de humor a la cosa y empezamos a armar juntas el final de su historia de ¿amor?. Así, casi como en una película de Chabrol, mi amiga iba sorteando los obstáculos que impedían la felicidad de su pareja. En un acto de locura podía echarle unas gotitas mágicas al té de su suegra o hacer que la amante sufriera un “accidente” fatal. Todo sea por recobrar el amor y la paz con su hombre.

Plano final: la protagonista, vestida para matar, frente al espejo, se pinta los labios de rojo furioso y grita “Ya voy, mi amor”. Sonrisa diabólica, se abre el plano: Él en silla de ruedas, inmóvil, babeante, la mirada perdida. Fundido a negro.

La historia de mi amiga tuvo una resolución un poco más feliz, pudo ponerle punto final sin dejar víctimas mortales en el camino. Pero esta anécdota me llevó a pensar en cuántas veces, algo que sucede en nuestras vidas podría ser material jugoso para un gran guionista. Y me puse a pensar también en todos los finales que alguna vez imaginé para los distintos capítulos de mis historias de amor.

Y a ustedes, ¿qué finales cinematográficos les gustaría protagonizar?