Hace poco conté que mi papá no soportaba los dramones porque decía que
“para amarga ya está la vida” y me llevaba al cine a ver obras maestras del estilo de
Mingo y Aníbal contra los fantasmas,
Jhonny Tolengo o
Bañeros 1 y 2 que, en definitiva, también me daban ganas de llorar. Me acordaba de mi viejo mientras veía
Babel y pensaba
“Dios mío, qué mal lo estoy pasando”. Es que, si bien se trata de un gran film, la angustia que produce es excesiva y de verdad creía que no podría soportar que algo más les saliera mal a los protagonistaas. Lo que confirma
Babel es que
Alejandro González Iñárritu (quien me partió la cabeza con Amores Perros) es un gran director y que supo conformar un elenco en el que todos se destacan pero (porque siempre hay un pero), aunque el guión de
Guillermo Arriaga es interesantísimo, la sensación que me quedó es que González Iñárritu quiso aprovechar el presupuesto y metió la parte que transcurre en Tokio a presión, porque el producto final no se modificaría demasiado sin esa historia. Cada una de las partes es una película en sí misma, pero mientras lo que pasa en
Marruecos se relaciona directamente con lo que ocurre en
México (entre otras cosas, ambas muestran una dura crítica a la sociedad norteamericana y su escala de valores); la historia de la japonesa cobra fuerza por sí misma (o por la gran actuación de
Rinko Kikuchi alias Chieko) y podría tranquilamente convertirse en otra película ajena a esta. El sabor que me quedó terminada la función fue amarguisimo, un nudo en el estómago. Y eso me pasó más allá de la satisfacción de haber visto un film de grandes actuaciones, como la de la japonesita o de la increíble
Adriana Barraza que transita por todos los estados de ánimo y lo hace con mucha altura.
Mi consejo: Prohibido ver
Babel si estás pasando por un período de bajón, embarazo o hipersensibilidad; de lo contrario, la que suscribe no se responsabiliza por los efectos colaterales que semejante drama pueda ocasionar en su psiquis. Igual, vale la pena hacer el intento